La cicatriz de Max Scherzer 

Por Ricardo López Si

Durante su desembarco en Grandes Ligas con Arizona, Max Scherzer era más famoso por ser uno de los extraños casos en el mundo con heterocromía —ojos de diferente color— que por el movimiento de su slider y la fiabilidad de su recta. «Nació con ellos. Miré a mi bebé, y él tenía un ojo azul y uno verde», recordó Jan Scherzer, su madre.

Después de un par de años de adaptación en las mayores con los Diamondbacks, en 2010 llegó a los Tigers en un canje a tres bandas con los Yankees. Scherzer aterrizó en Detroit, Edwin Jackson pasó a Arizona y Curtis Granderson se atavió con la franela a rayas —Ian Kennedy y Daniel Schlereth también fueron involucrados—. Pocos lo recuerdan, pero su llegada estuvo envuelta de un escepticismo generalizado. No era para menos, después de un épico colapso en el tramo final de la temporada anterior, Dave Dombrowski, gerente general del equipo, había optado por prescindir de un brazo probado en Grandes Ligas como Jackson y de su jardinero central estelar, Granderson, para traer a un abridor en ciernes.

Tan pronto llegó, Scherzer le dio profundidad y estabilidad a una rotación que hasta antes de su arribo vivía y moría en los hombros de Justin Verlander. Su introvertida personalidad mantuvo alejado por mucho tiempo los reflectores, pese a que en sus primeros dos años en Detroit compiló 27 triunfos, cuatro más que los 23 del entonces multimillonario Josh Beckett, por citar un ejemplo ilustrativo.

El 21 de junio de 2012, durante su tercera temporada en Detroit, la vida del lanzador derecho tomaría un curso definitivo. «Eso no es gracioso», le advirtió Jan a Alex, hermano menor de Max, al verle semitendido en el piso del sótano. Alex no respondió la llamada de Jan, quien luego de ver una cuerda amarilla y una serie de pesas alrededor, corrió desesperada para abrazar a su hijo. Jan tomó su celular y llamó a Brad, su esposo: «Llega a casa, ahora... ¡Alex está muerto!». Alex Scherzer, de apenas 24 años, se había quitado la vida.

Alex y Max eran especialmente cercanos. De pequeños, mucho antes de que Alex padeciera trastornos depresivos, vivieron intensamente el inolvidable verano de 1998, donde Mark McGwire rompió el récord de 61 cuadrangulares en una sola temporada impuesto por Roger Maris en 1961. Aquella fue una emocionante carrera con el dominicano Sammy Sosa, capaz de conmover a todo el país tras el letargo provocado por la huelga de peloteros años atrás. «Fue increíble lo que vivió Max con su hermano, viendo beisbol juntos», relató el propio McGwire luego de recibir una emotiva carta del lanzador tras el suicidio de Alex.

A dos días de haber perdido a su hermano menor, Max se montó en el centro del diamante durante seis episodios en un juego interliga en Pittsburgh. «Pensé que podría poner las cosas fuera de mi mente por un tiempo. No tenía ni idea de lo imposible que sería», dijo. Un cuadrangular con dos hombres a bordo de Andrew McCutchen sería el único pestañeo de Scherzer durante la noche, aunque el desarrollo del partido pasaría a segundo plano tras el salvaje acto de voluntad protagonizado por un hombre emocionalmente destrozado.

Han pasado poco más de ocho años desde entonces, Max Scherzer, con tres premios Cy Young (2013, 2016 y 2017), dos juegos sin hit ni carrera en una sola temporada (2015) y un anillo de Serie Mundial (2019) en los bolsillos, se ha establecido en Washington, convertido, quizá, en el lanzador más dominante desde Randy Johnson, aunque todavía, por las noches, extraña platicar de «las cosas que sólo un hermano como Alex podía entender: ¿Cómo lanzar mejor? ¿Cómo mantener la confianza? ¿Cómo ser un buen hombre?». Alguna vez dijo que tras la muerte de su hermano «el beisbol es lo único que me queda para dar». Es difícil pensar en lo que pudo haber sido su carrera sin el corazón roto. Menos mal que hemos tenido suficiente. Quizá tengamos que mirar más allá de Cooperstown para valorarlo.

Por: Ricardo López Si

Editor: juanbeisbol


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